En la Argentina actual, el desenvolvimiento económico transcurre en dos dimensiones paralelas, pero de direcciones divergentes, que están fracturando la realidad en todos los planos. Por un lado, existe una Argentina financiera, la de la vieja y sempiterna patria financiera, que celebra con euforia en los mercados: un universo donde la intermediación financiera creció cerca de un 40% desde 2023, mientras la industria y la construcción están alrededor de un 10% por debajo de los niveles previos, según los propios datos del INDEC y ratificados recientemente por el exasesor de Milei y presidente del CEMA, Carlos Rodríguez. Esta disparidad no es un accidente estadístico; es la radiografía de un modelo donde los dogmas se recitan como salmos de una religión cuyo dios es, por regla general, incompasivo con los débiles.