Los mapas de la política tradicional mantienen, desde los tiempos más pretéritos, una geometría lineal que sitúa a la izquierda y a la derecha en polos opuestos, sugiriendo, a la vez, una distancia inconmensurable entre sus visiones del mundo. Sin embargo, esta clasificación entra en crisis cuando desplazamos el foco de atención: si dejamos de mirar las banderas ideológicas (el “qué”) y observamos detenidamente la práctica política (el “cómo”), el mapa cambia radicalmente. Al realizar ese ejercicio, vemos que esa línea aparentemente recta, suele curvarse hasta formar un círculo o, más precisamente, nos revela que el mapa puede adquirir otro relieve.