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Bariloche

La paternidad que no aparece en la foto: empleo, desigualdad y tareas de cuidado

El sociólogo Sebastián Fonseca, especialista en políticas de cuidado con perspectiva de género (CLACSO), planteó que el debate sobre una paternidad más presente no puede reducirse únicamente a la voluntad individual de los varones, sino que debe analizar las condiciones económicas y laborales que atraviesan a muchas familias.

El sociólogo Sebastián Fonseca, especialista en políticas de cuidado con perspectiva de género (CLACSO), planteó que el debate sobre una paternidad más presente no puede reducirse únicamente a la voluntad individual de los varones, sino que debe analizar las condiciones económicas y laborales que atraviesan a muchas familias.

En su columna de opinión, señaló que mientras algunos sectores discuten la corresponsabilidad doméstica y la conciliación entre trabajo y familia, otros padres enfrentan jornadas extensas, empleos informales o estacionales que limitan su participación cotidiana en la crianza.

A través del ejemplo de “Mateo”, un trabajador que sostiene su hogar con empleos precarios, Fonseca advirtió que la falta de tiempo de muchos varones no elimina las tareas de cuidado, sino que suele trasladarlas hacia las mujeres, quienes asumen además la carga mental de organizar la vida familiar.

El especialista cuestionó que el mercado laboral y el Estado den por garantizado ese trabajo invisible y sostuvo que avanzar hacia una crianza compartida requiere políticas públicas vinculadas al empleo, salarios dignos, ampliación de licencias, acceso a jardines maternales y reconocimiento del cuidado como una responsabilidad social.

“Las transformaciones que se les piden a los varones necesitan condiciones de posibilidad”, concluyó.

Día del padre más allá de la postal

Buscás "Día del Padre" en Google y aparece la misma postal: un varón elegante con un niño o niña sobre los hombros. La paternidad como consumo y ocio, donde sobra tiempo para distribuir las tareas del hogar.

Por Sebastián Fonseca. Sociólogo (UBA). Especialista en políticas de cuidado con perspectiva de género (CLACSO)

Para los sectores de buenos ingresos, el debate pasa por la corresponsabilidad doméstica y por conciliar el trabajo con la familia, que sin duda es un malestar genuino. El problema aparece cuando esa es la única paternidad imaginable y entonces promover la igualdad se reduce a invitar a los varones a comprometerse con el cambio cultural, ignorando que muchos, aunque quisieran, no están en condiciones de aceptar la invitación.

Pensemos en Mateo, que se gana la vida en el trabajo estacional. Puede ser el que junta ladrillos en una obra, el que dobla la espalda en la cosecha del Alto Valle o el que pasa diez horas arriba de un tractor. Llega molido a la hora de la cena y el pibe ya está bañado, la cena servida, la mochila lista para el otro día. Lo ve un rato antes de que se duerma, y cuando su hijo le cuenta algo, asiente con la cabeza como si estuviera ahí. En su día libre piensa cómo zafar de las deudas.

La precariedad laboral te roba la soberanía sobre tu propia vida. El tiempo de Mateo está íntegramente comprado por el mercado a cambio de un ingreso de supervivencia, y el mandato social le sigue exigiendo que sea proveedor. Eso sí puede cumplirlo: trabajando más horas.

Pero acá hay una trampa que conviene mirar de frente. Que Mateo no pueda no significa que el cuidado desaparezca. El baño, la cena, la mochila, la fiebre de madrugada son tareas que atenderá su pareja. La precariedad suele trasladar el peso de las tareas de cuidado hacia la mujer. Por eso, ser mujer y estar a cargo de un hogar pobre es no tener tiempo ni para salir a buscar laburo. Sostener la vida en esas condiciones puede ocupar el día entero. Y ese esfuerzo invisible es el que le garantiza al varón la disponibilidad absoluta que el mercado le pide.

Hay además una gran diferencia entre ejecutar las tareas y organizarlas. Mateo puede barrer el piso sin pensar, pero ni se entera de que el jueves toca la vacuna y que para el viernes hay que conseguir una cartulina. Esa carga mental la siguen sosteniendo las mujeres.

Sería cómodo concluir que todo esto se arregla con plata, pero no es así. Si la ausencia fuera solo un problema de bolsillo, el varón de buenos ingresos estaría más presente. La precariedad no inventa la división sexual del trabajo, sino que la endurece.

El mercado y el Estado se hacen los distraídos con todo lo que implica criar, alimentar, higienizar y acompañar (sostener la vida cada día) y dan por sentado que cada hogar lo va a resolver por su cuenta y sin chistar. Nuestro sistema económico recibe cada mañana a un trabajador alimentado, vestido y con los hijos contenidos, sin haber puesto un solo peso para financiar esa infraestructura.

Las licencias, además, acompañan el nacimiento (que es un evento) y no la crianza, que es un proceso de años. Río Negro tiene legislación de avanzada para el sector público, pero el derecho al tiempo no sirve de nada si el sueldo no cubre la canasta. La Secretaría de Trabajo celebra una desocupación bajísima, del 1,3%. Pero hay sectores enteros, como la fruta en el Valle, el turismo en la Cordillera, la economía popular, donde el derecho al cuidado directamente no existe, y donde el empleo es estacional e informal.

En el sector privado formal la cosa tampoco mejoró: la Ley de Modernización Laboral no modernizó nada, hace 50 años que las licencias por paternidad siguen siendo de dos días. Mateo, si tiene la suerte de tener empleo registrado, vuelve al tractor al tercer día.

El Estado se desacopla de la realidad cuando habla de "crianza compartida" pero no impulsa una reforma que amplíe derechos a través de, por ejemplo, el acceso a salarios dignos, la apertura de vacantes en jardines maternales y la extensión de licencias al sector privado. Las transformaciones que se les piden a los varones necesitan condiciones de posibilidad.

Por eso, este Día del Padre las preguntas urgentes dejan de ser individuales. ¿Es posible una paternidad presente bajo la línea de pobreza y sin soberanía sobre el tiempo? ¿Quiénes sostienen lo que nos sostiene? ¿Por qué le pedimos a los varones que asuman la corresponsabilidad en el hogar si el mercado laboral los premia por estar siempre disponibles para la empresa? Si las respuestas incomodan, es porque compartimos el diagnóstico: el cambio social no se resuelve solo desde la voluntad individual. Es tiempo de exigirle al Estado políticas de empleo, de tiempo y de cuidado, sosteniendo las redes comunitarias. El día en que el cuidado se reparta mejor y Mateo pueda sentarse a escuchar a su hijo, no habrá sido solo por una reflexión personal en su día libre, sino porque nos organizamos para recuperar el tiempo que el mercado nos quitó.