Foto: Pexels Diana Reyes | Amnistia Internacional
En el marco del Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia que se conmemoró este domingo 17 de mayo, el sociólogo, docente y escritor Sebastián Fonseca reflexionó sobre el uso cotidiano de la frase “no seas gay” entre adolescentes y advirtió que se trata de un mecanismo de disciplinamiento vinculado a la construcción de la masculinidad.
A partir de una experiencia reciente con jóvenes de 13 años, sostuvo que expresiones de ese tipo no solo afectan a las personas LGBT+, sino que también imponen a los varones heterosexuales mandatos de dureza emocional, prohibiendo mostrar miedo, afecto o vulnerabilidad.
Fonseca vinculó esa lógica con formas tempranas de violencia simbólica y remarcó la necesidad de intervenir desde las escuelas, clubes, familias y grupos de pares para cuestionar prácticas naturalizadas que, según planteó, limitan la vida afectiva de los hombres y reproducen esquemas de exclusión social.
"No seas gay": un mandato temprano y violento
Hace unas semanas estuve a cargo durante unas horas de tres adolescentes de trece años en un espacio público. Usaban, una y otra vez, la palabra "gay" como insulto, como si fuera lo más natural del mundo. Cuando uno se reía de algo que otro había hecho, "no seas gay". Si alguno mostraba una emoción que el grupo consideraba excesiva, también. Cuando uno bajaba la voz para hablar de algo que le importaba, también.
Por Sebastián Fonseca - Sociólogo, docente y escritor
No pude quedarme callado. Les hice una pregunta y se abrió una conversación breve, incómoda para ellos, en la que intenté explicar por qué esa palabra, usada así, hace cosas concretas en el mundo. Por sus caras de desconcierto, me quedé con la sensación de que había sido la primera persona que les hablaba de eso.
Entre varones, la frase "No seas gay" funciona como señal de alerta. Prohíbe llorar, abrazar a otro varón sin disimulo, mostrar miedo, cuidar a alguien con ternura, pedir ayuda, hablar bajo, vestirse con cierta atención, caminar de cierta manera. La frase opera como un cerco, delimitando qué puede hacer un varón con su cuerpo, sus vínculos y sus emociones, bajo amenaza de quedar excluido del grupo. Y a los trece años esa exclusión se siente como el fin del mundo.
Lo que enseña el "No seas gay" tiene que ver más con la construcción de la masculinidad que con la sexualidad. La homofobia funciona como método y el resultado buscado es el disciplinamiento. La antropóloga Rita Segato lleva décadas trabajando sobre este punto: la masculinidad no es un estado que se alcanza sino un mandato que debe demostrarse de manera permanente ante un tribunal de pares (la fratría), el grupo de varones que juzga y habilita la pertenencia. "No seas gay" es una de las formas que toma ese tribunal: señala quién cumple con el mandato y quién queda expuesto, quién puede pertenecer y quién no.
Vista así, la homofobia no opera sobre el deseo ajeno sino sobre el mandato propio. Daña a las personas LGBT+ y al mismo tiempo somete a los propios varones heterosexuales a una vigilancia continua sobre sus cuerpos, sus vínculos y sus emociones, empobreciendo su calidad de vida afectiva.
Este mandato es temprano, aparece en el patio de la escuela mucho antes de que los chicos hayan tenido conversaciones reales sobre orientación sexual. Sigue funcionando cuando ya somos adultos, aunque adopta otras formas: el chiste en el grupo de WhatsApp o en el asado, el comentario en el vestuario del club.
Esa frase tiene continuidades concretas en la vida adulta de los varones cis heterosexuales. Es el varón que abraza a un amigo durante tres segundos, cerrando el gesto con un par de golpes en la espalda. El que evita ir a terapia porque siente que ese lugar no le corresponde. El que aprendió a los seis años que pedir ayuda era de débiles, y que treinta años después no sabe cómo pedirla. En Río Negro, durante 2024 (último dato disponible), el 92% de los suicidios fueron de varones. Hay muchas explicaciones para esa estadística, pero sin duda que una de ellas pasa por acá.
El 17 de mayo se conmemora el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia. Es una fecha que las comunidades LGBT+ construyeron durante décadas y que les pertenece. Pero la fecha también nos habla a los varones cis heterosexuales, porque una sociedad con menos homofobia es también una sociedad donde los varones podemos llorar, abrazar, cuidar y pedir ayuda sin pagar costo social por hacerlo.
Eso implica trabajar en el territorio donde este mandato violento circula, que es justamente el nuestro: el patio de la escuela, el vestuario del club, el grupo de amigos, la mesa familiar, el lugar de trabajo. Interrumpir el chiste antes de que se reproduzca. Preguntar qué se está diciendo realmente cuando se dice "no seas gay". Un chiste... ¿para que se ría quién?
Una pregunta hecha a tiempo interrumpe el mandato temprano.
Hay instituciones que pueden acompañar este trabajo: las escuelas con programas de ESI que no le esquiven a hablar de masculinidades, las organizaciones que traten la homofobia como parte de la misma matriz que produce la violencia de género y no como un tema aparte, los clubes deportivos donde la masculinidad se construye con particular intensidad. Pero también hay decisiones más pequeñas y más inmediatas: abrazar a un amigo sin disfrazar el gesto, preguntarle cómo se siente en lugar de cómo anda, dejar que otro varón cuente que la está pasando mal sin apurarse a desviar la conversación.
Los pibes no inventan la frase, la aprenden. Si la aprenden, también pueden desaprenderla, pero alguien tiene que empezar la conversación.

















