Un análisis del sociólogo y docente Sebastián Fonseca plantea que los episodios recientes de violencia protagonizados por adolescentes en San Carlos de Bariloche —entre ellos el ataque a tiros que dejó herido a un chico de 13 años en avenida Pioneros y otros hechos ocurridos en lo que va de 2026— no pueden comprenderse únicamente desde la crónica policial.
El especialista sostiene que, en la mayoría de los casos, los protagonistas son varones jóvenes que crecen en contextos de desigualdad estructural, con limitadas oportunidades de educación, trabajo y participación social.
Según remarca Fonseca, la violencia aparece como una manifestación de exclusión y falta de perspectivas en barrios con escasa presencia de políticas públicas, donde la ausencia de espacios educativos, culturales o deportivos se combina con altos niveles de precariedad social.
En ese marco, advierte que abordar el fenómeno exclusivamente desde una lógica punitiva impide analizar las causas profundas y propone ampliar el debate hacia las condiciones sociales que atraviesan a parte de la juventud en la ciudad.
La violencia es un acuerdo silencioso (*)
Cada vez que aparecen adolescentes en las noticias policiales de Bariloche, el relato es el mismo: el hecho, el lugar, los detenidos. Lo que casi nunca está es la pregunta más urgente: ¿qué condiciones producen esto?
En lo que va de 2026, la ciudad acumuló hechos que sacudieron a la comunidad. A la salida de la escuela en Av. Pioneros, un chico de 13 años es baleado por otros menores de edad que intentaban asesinar a otra persona. Un joven de 18 años muerto a puñaladas en el centro a manos de un conocido de edad similar. Grupos de adolescentes que se desafían en redes sociales y se encuentran para pelearse. Ataques con piedras, incidentes en escuelas. A eso se suman los videos virales del año pasado: peleas a la salida de boliches, enfrentamientos entre barrios filmados como trofeos. Y la lista sigue.
Pero hay un dato que casi nadie menciona y es que, en la mayoría de los casos, los protagonistas son varones. Eso no es un detalle menor, sino más bien parte del asunto.
El periodismo, y buena parte de la política local, presenta estos hechos como problemas morales. Chicos "violentos por naturaleza", familias "disfuncionales", una juventud que "ya no tiene valores". Esta lectura es peligrosa, porque cierra el análisis justo donde debería abrirse.
Porque la violencia no es una característica con la que algunos chicos nacen. Es algo que emerge cuando una persona joven encuentra una y otra vez cerradas las puertas por donde se construye una vida: educación, trabajo, reconocimiento, la posibilidad de imaginarse un futuro. La responsabilidad también es nuestra, ¿qué horizonte le estamos ofreciendo a la juventud?
La gran mayoría de los jóvenes que crecen en condiciones de pobreza y exclusión no ejercen violencia. Cuando la violencia aparece, no surge de la nada ni del alma de nadie, sino de una estructura que durante años no les ofreció más que indiferencia.
Cuando el Estado y el mercado excluyen a un joven de los espacios donde se construye identidad (la escuela, el trabajo, los lugares de la ciudad donde se siente bienvenido), la calle y el grupo de pares llenan ese vacío identitario. La pelea se convierte en una forma de existir con nombre propio, de que alguien te vea, de pertenecer a algo. No es un desvío, sino más bien una respuesta coherente con una situación donde el único capital es el propio cuerpo.
Y que esa respuesta tome la forma de violencia física tiene también que ver con el hecho de que son varones. Desde chicos, a la gran mayoría de los varones les enseñamos (como sociedad, explícita o silenciosamente) que ser hombre es aguantar, no ceder, imponerse. Cuando los caminos legítimos para "ser alguien" están bloqueados o ya no dan resultado, esa enseñanza encuentra un cauce: la fuerza, la valentía callejera, el aguante ante los pares. La violencia no es solo una respuesta a la pobreza, es también una respuesta a la pregunta de cómo ser hombre cuando todos los otros caminos están cerrados.
Bariloche es una ciudad que convive con una paradoja cruel. Por un lado, una industria turística que mueve millones y se muestra al mundo como una postal de montaña y lagos. Por el otro, barrios históricamente postergados, donde el desempleo juvenil es estructural, calles sin asfalto que se inundan, imposibilidad de acceso a la vivienda, costo de vida en aumento constante, escuelas desbordadas y ausencia de espacios recreativos. Barrios sin centros de salud equipados, sin oferta cultural o deportiva. Territorios donde la única presencia estatal es la represión.
Si como sociedad solo ofrecemos control represivo a nuestra juventud, no deberíamos sorprendernos cuando respondan con hostilidad.
No se trata de justificar la violencia, ni negar la gravedad de los hechos, ni mucho menos minimizar el dolor de las víctimas. Se trata de negarse a reducir un problema social a una crónica policial. Quizá deberíamos preguntarnos cuántos espacios deportivos o culturales existen en los barrios donde el Estado solo muestra uniformes policiales. Cuántos de estos jóvenes tienen acceso real a educación o trabajo. Y cuánto del presupuesto nacional, provincial y municipal se destina a mejorar la calidad de vida frente a lo que se gasta en represión.
La violencia que vemos en Bariloche no es el comienzo del problema, sino la manifestación más visible y tardía de una desigualdad histórica y creciente. El problema empezó cada vez que se recortó presupuesto en educación, cada vez que un joven pidió un turno en el centro de salud y no lo consiguió, cada vez que buscó trabajo y solo encontró indiferencia.
El problema crece cada vez que miramos para otro lado. Estamos firmando un acuerdo silencioso que dice que hay jóvenes que no merecen futuro. Mientras tanto, los disparos se escuchan cada vez más cerca.
(*) Sebastián Fonseca - Sociólogo, docente y escritor

















